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Garrick
Sí. Ahora, sólo un poco, lo recuerdo. Era voluntario de una caravana teatral callejera. Me parece que era de la Congregación Nacional de Payasos, y subía a los vagones para burlar unos cuantos pesos. Él era el Patiño del grupo.
Tuvieron una entrevista en el programa cultural transmitido a las doce. Para ellos, la comedia debía ejercerse como la labor altruista por excelencia. Vivían por el arte de reír, decían, pero no comían ni compraban monociclos con él.
En los subterráneos, elegían a un espectador para ser partícipe de sus juegos. Aquel seleccionado resultaba ser el que más dinero aportaba a los cómicos en dicha función.
Sólo una ocasión me los encontré, esperando en los andenes. El Patiño me eligió en su monólogo trágico, e hizo que lo llevara cargando por las escaleras, mientras él lloraba. Recuerdo que mi papel consistía en tranquilizar su tristeza, y para lograrlo le abracé y le susurré estas palabras:
- No llores, Patiño. Sé que tú no pediste ser un payaso. Yo tampoco pedí mi nombre ni el día de mi nacimiento.
El actor me miró avergonzado, como si la verdad fuera el asesino de su chiste. Me apartó lentamente de sus brazos, y alejándose me dijo:
- Esta bien. Sólo tú tienes el derecho no dar ni una moneda.

