3.
Incertidumbre.
Había un hombre en la ciudad que no sabía a ciencia cierta nada. Ni siquiera se confiaba de estar parado sobre sus tobillos. Cuestionaba la luminosidad de los faroles, los árboles y toda la humanidad que giraba inciertamente alrededor de él. Un día vino hasta mi consultorio, preguntándome si era cierto que existía un médico en su barrio, y me ofreció una cantidad dudosa de dinero para que le abriera de la cabeza a los pies. Quería revisar la cantidad de órganos que le hacían funcionar desde su interior. Accedí. Tres días después vinieron a arrestarme unos judiciales por el supuesto homicidio del señor, y les conté esta historia. El juez anotó mi declaración como “sospechosa” y fui sentenciado a cadena perpetua. Ahora tengo el resto de mi vida para dudar de lo que hice.