Inaniel

4 Dec 2009

#2

Volcanes

Yo no sé si tú has estado ausente.
Yo me acuesto contigo, y me levanto contigo.
En mis sueños tú estás junto a mí.
Si tiemblan los pendientes de mis orejas
yo sé que eres tú moviéndote en mi corazón.

(Poema de la memoria oral de los Nahuas, México)


Aún el Valle de México era conocido como Anáhuac y el color de sus largos canales no era manchado con sangre azteca. Iztaccíhuatl era la hija más hermosa del cacique de Tezozomoc, y no pocos guerreros, tanto águilas como jaguares, pretendían su amor haciendo muestras de su valentía cada vez ella se paseaba entre sus atónitos espectadores. Muchos ojos guerreros eran dedicados a la mujer blanca, pero ella sólo tenía los suyos para un guerrero particular: Popocatépetl, el de brazos de humo. A pesar de su gran amor ambos eran desdichados, pues Tezozomoc, el padre de la doncella, no daba su consentimiento para que todos los dioses brillaran sobre el corazón de los enamorados como una saeta protectora que los acompañaría hasta que abandonaran la tierra.
Popocatépetl no cedía ante el rechazo del cacique; en cada ocasión insistía con más ahínco en convencer a Tezozomoc de aquel juicio ciego que lo gobernaba. Hubo un día que el cacique se cansó de escuchar al guerrero, y le propuso una difícil y engañosa empresa.
Si aquel hombre que con tanta pasión declaraba amar a su hija lograba vencer una peligrosa batalla en tierras sureñas, le entregaría sin reparo alguno la mano de tan añorada mujer. Seguro de la fuerza invencible de su amor, Popocatépetl aceptó el mortal desafío.
No pasó mucho tiempo antes de que el cacique tuviera noticias del guerrero; un mensajero se encontró con Popocatépetl, quien regresaba victorioso de su lucha. Tezozomoc, que creía haber puesto fin a esos tórridos amantes con mandar a la muerte a uno, se llenó de furia y negóse a reconocer a su valiente yerno. Inspirado por una corazonada de crueldad, el cacique anunció a su hija que Popocatépetl, el guerrero más fiero y más amado por su inmaculada descendencia, había muerto a manos de los ejércitos en Oaxaca.
La joven amante, poseída por la sinrazón que sólo en el amor profundo se puede conocer murió de pena; perdida en algun campo abierto de Anáhuac, desconsolada por la doliente verdad que Tezozomoc le había pronunciado.
Al regresar de su empresa peligrosa, Popocatépetl se encontró con el cuerpo sin vida de su amada. Hincándose junto a ella permaneció fiel al velo del eterno sueño de Iztaccíhuatl, esperando que la fuerza de su amor nunca consumado la regresara del laberinto de las otras vidas.
Pasaron los meses, y la piel de la bella joven se volvía más blanca. El otoño cubrió de tierra ambos cuerpos. El invierno alzó a los amantes y los cubrió de nieve. Los siglos pasaron, y una nueva leyenda en el cuarto sol nacía: los amantes se habían convertido en montañas, en señal de un inolvidable sentimiento.
Desde ese día hasta hoy, el volcán dormido de Iztaccíhuatl y el humeante Popocatépetl contemplan las tierras de Anáhuac, unidos por la naturaleza de un amor más allá de la vida, el tiempo y la muerte.

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